—“Hay algo adentro.”
—¿Adentro? —pregunté, sintiendo un frío en el pecho.
Entonces lo examinó con cuidado y me dijo algo que me dejó sin aire:
—“Este diseño… he visto pocos. Y casi nunca fue para guardar algo bonito. Estos colgantes suelen llevar sustancias. Líquidos. Polvos. Y por sus síntomas… podría ser un envenenamiento gradual.”
Mi mente intentó negarlo, pero los hechos eran demasiado precisos.
El colgante se abrió… y apareció lo imposible
El joyero me ayudó a quitarme el collar. En el momento en que mi cuello quedó libre, sentí algo raro: como si pudiera respirar mejor.
Luego encontró un mecanismo casi invisible. Presionó un punto mínimo y… click.
El corazón de plata se abrió.
Adentro había una pequeña cápsula de vidrio, sellada, con un líquido transparente. El joyero se puso serio de inmediato.
—“Esto no es perfume. Está diseñado para liberar vapor lentamente.”
Y ahí lo entendí, con una claridad terrible:
alguien me estaba envenenando desde mi propio cuello.
Antes de irse, el joyero me dio su tarjeta: Roberto Maldonado, y me dijo con firmeza:
—No vaya a su casa. No lo enfrente. Vaya directo a la policía.
La policía, la detective y la prueba que confirmó todo
Fui a una comisaría cercana. Me atendió una detective, Ramírez, que tomó el asunto con seriedad inmediata. El collar fue enviado a laboratorio y a mí me hicieron estudios forenses: sangre, orina y cabello.
Me dijeron que el cabello podía mostrar el rastro de toxinas por meses.
Esa noche me quedé con mi hermana Sofía.
Y entonces pasó algo que me terminó de romper: Marcos me llamó.
Actué “normal”. Le dije que estaba en el hospital. Me preguntó cosas… hasta que soltó la pregunta más reveladora de todas:
—“¿Estás usando el collar?”
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