Hay momentos en la vida en que un evento ocurre donde ocurrió. Cuando el ruido del mundo se desvanece en un susurro. Cuando el corazón se silencia antes de que la mente pueda comprender lo que los ojos acaban de leer.
Hoy es un dÃa asÃ.
Ha fallecido una verdadera leyenda.
Y cuando te das cuenta de quién es, cuando realmente te impacta, las lágrimas no fluyen sin más. Fluyen.
No era alguien que simplemente entretenÃa. Era alguien que, silenciosamente, moldeó vidas. Una voz que nos guió en momentos difÃciles. Una sonrisa que nos resulta familiar, incluso reconfortante. Una presencia que se ha entrelazado en nuestra vida diaria: en nuestra infancia, nuestras celebraciones, nuestra recuperación.
Algunos crecimos con ellos.
Otros apoyamos su trabajo incluso en las noches más oscuras.
Otros encontramos amor, alegrÃa y felicidad en lo que co-creamos.
Nos acompañaron en nuestros viajes a las enfermerÃas. En graduaciones y en momentos desgarradores. Durante las risas en las tiendas y en tardes solitarias y plenas.
Y ahora… se han ido
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